Alfonso Domínguez

 

Mi abuelo sentía respeto por las palabras. A cada una le reconocía su propio significado. Hacía parte de la comunidad de pacientes que iban a la clínica dos veces a la semana todos los meses para recibir diálisis. Entre ellos empezaron a decir que eran una familia. “Les agradezco pero yo ya tengo una familia” me contó que les dijo. Se quejaba de los lugares comunes y la ligereza de la gente para decir cualquier cosa. Aun así el grupo lo quería y le hacía lugar. Escogía con extremo cuidado la ropa que usaría cada semana y llegaba feliz a la casa la mayoría de las veces, excepto cuando se le regaba la sangre encima de la camisa en medio del tratamiento. 

Apreciaba las buenas conversaciones. Se levantaba a las tres de la mañana a conversar con el vigilante de la calle, que era su mejor amigo, y un poco más tarde me acompañaba a esperar el bus del colegio, aprovechando el espacio para charlar. Un día detuvo la conversación para hacerme saber que era una buena conversadora. Dijo que hacía buenas preguntas y escuchaba a mi interlocutor. Prestaba atención, uno podría decir, o se tomaba las cosas un poco más en serio que el ciudadano promedio. 

Tenía una receta suya: carne guisada cortada en cuadros pequeños con papa, arroz y tajadas de plátano maduro. Le gustaba arreglar cosas dañadas. Decía que no lo emocionaba la navidad, pero no era verdad. Todos los años construía los faroles del siete de diciembre desde cero. En un punto de su vejez empezó a competir con sus vecinos contemporáneos por quién se moría de último. No le gustaba ser viejo. Pedía que le dijéramos “papito” y no abuelo, y todos sin excepción así lo hicimos. Creía más en el fútbol que en la iglesia, pasó sus últimos días viendo partidos y mirando por la ventana silenciosamente. Alguna vez le pregunté si no se aburría de eso, me dijo que no, que no lo aburrían sus pensamientos. 

Cuentan que me llevaba a la guardería y era la única persona que no aceptaba mis chantajes para ser cargada en el camino. Le gustaba que lo llamaran por el teléfono a saludarlo, decía q’hubo alargando la U. Me enseñó a jugar naipes con la baraja española, en vez de monedas apostábamos frijoles. Le gustaba cuidar a los niños y a las plantas. 

No le gustaban las fotos. En las tardes escuchaba un programa radial al que la gente llamaba a buscar pareja. Era estricto con su rutina y no la cambiaba por nadie nunca. A pesar de sus límites, se me hizo cercano siempre. El último día lo vi muerto en su cama y sentí ternura. 

Cumplía años

unos días después

de mí

y ambos nacimos

con el Sol bajo el signo

del león.


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