Migrar


 


To live in this world


you must be able

to do three things:

to love what is mortal;

to hold it

 

against your bones knowing

your own life depends on it;

and, when the time comes to let it go,

to let it go.


̶   Mary Oliver

  

Hace miles de años que los seres humanos miran al cielo buscando respuestas a sus angustias, anhelos e incertidumbres. Fue al detenerse a observar el sistema solar que descubrieron en él un lenguaje capaz de aliviar esa pulsión primaria por saber.  El mismo cielo que vieron sumerios, egipcios, mayas, aztecas e incas, y al que confiaron sus sueños y travesías, lleva ya un buen tiempo hablándonos, en ese lenguaje, sobre finales y consumaciones.

El mundo tal como lo conocíamos está muriendo y junto a él nosotres mismes.  Esto no es nuevo, lo venimos experimentando desde el año pasado cuando Plutón, el planeta colectivo de la transformación y el poder, dejó Capricornio para iniciar 20 años de recorrido por Acuario. En este corto tiempo, los cambios tanto en nuestro mundo como en nuestras vidas se han hecho evidentes y nos han dejado la sensación de estar girando rápidamente hacia una dirección desconocida, caótica y, curiosamente, con cristalinas y reales señales del pasado.  Tal vez el ejemplo más preciso de este cambio de paradigma lo encontremos en la geopolítica: por un lado, un orden político mundial que, en menos de un año, se enfrenta, se reacomoda y se abre a la multipolaridad; y por el otro, la consolidación de una élite económica que ya no se enriquece a partir de la manufactura y el petróleo (Plutón en Capricornio), sino de la tecnología y el comercio electrónico (Plutón en Acuario).  Y en medio de todo esto, como en el siglo pasado, el resurgimiento y fortalecimiento del fascismo a escala global.


Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, Jeff Bezos, fundador de Amazon, Sundar Pichai, director ejecutivo de Alphabet Inc., y Elon Musk, director ejecutivo de Tesla Inc., durante el acto de posesión de Donald Trump. 20 de enero de 2025.

 En 2025 los movimientos planetarios se intensificaron, y la idea de estar acercándonos al fin de un ciclo se hizo, en este punto, inevitable. Iniciamos el año con un Marte retrógrado que nos tuvo anémicas. Tanto la superficie de Marte como la sangre en nuestras venas son rojas porque ambas están compuestas de hierro, el elemento que fabrica la hemoglobina. Con este planeta retrogradando nuestra vitalidad, energía y actividad fueron puestas en cuestionamiento, obligándonos a preguntarnos quiénes somos cuando no podemos lograr lo que queremos. ¿Quiénes somos cuando tenemos que rendirnos y ya? Podríamos decir que este inicio fue una clase de alistamiento para lo que nos propondría el universo más adelante.

Lentamente, Saturno y Neptuno se fueron acercando a los últimos grados de Piscis, el último signo de agua, preparándose para su gran conjunción del mes de julio, cuando ambos planetas ingresen al grado cero de Aries.  Saturno representa nuestros cimientos, estructuras y tradiciones; y Neptuno rige nuestras fantasías, amores, intuiciones y sensaciones. Saturno es el Cronos y Neptuno el Kairós: el tiempo lineal y el instante, la realidad y la ilusión; dos polaridades fundamentales para nuestra construcción personal que han estado fundiéndose en la pegajosa placenta pisciana durante todo febrero y marzo.  Es como si en estos meses estuviéramos viendo nuestra vida, nuestro legado y nuestros sueños en retrospectiva, dado que en Piscis se condensan y se guardan las memorias de todo el zodiaco, como un océano en donde conviven las basuras con los tesoros, los muertos con los vivos, y se reúnen en comunión todas las versiones de lo que hemos sido.  Esta evocación de recuerdos es melancólica, porque no tiene otro fin que su propio fallecimiento.

Piscis nos exige desintegrarnos, desgarrarnos, fracturarnos en pedazos para morir verdaderamente y renacer, ya en otra dimensión de la vida, cuando lleguemos a Aries. Las figuras míticas asociadas a este signo —Jesús de Nazaret, Dionisio, Orfeo, Osiris, Ishtar— comparten el despedazamiento como destino. Sus historias nos revelan que la profundidad espiritual y la conexión con lo divino solo se alcanzan a través del estado de éxtasis, una palabra que, literalmente, significa “estar fuera de sí”. Para trascender, para amar de verdad, primero debemos disolvernos. Con Saturno y Neptuno en esta fase pisciana, lo mejor que podemos hacer es adoptar una posición al tiempo pasiva y activa, de yin y yang, es decir, de rendirnos ante la corriente del misterio sin resistirnos (Neptuno), para levantar cimientos sólidos en la orilla a la que nos lleve (Saturno). Aceptar con humildad ser despojados de lo que la vida nos está quitando y prepararnos para construir otra cosa desde cero.

La Luna llena de esta madrugada será un eclipse. Los eclipses ocurren cuando un cuerpo celeste queda cubierto por otro durante un período de tiempo. En el eclipse lunar, la Luna se oculta bajo la sombra que la Tierra proyecta sobre ella. Simbólicamente, la Luna representa “lo que nos aporta sustancia nutriente para que todo aquello que necesita protección y cuidado se desarrolle en su interior.” (Neira, S.) Está ligada a nuestro refugio, memoria y emociones. De modo que, cuando un eclipse coincide con la Luna llena, este actúa internamente como un amplificador de nuestros sentimientos y necesidades, dejándonos a la vez un espacio libre para desidentificarnos de ellos y liberarnos.  

Ahora mismo, todo en la naturaleza nos invita a la reflexión y la rendición. Quizás con cierta pesadez, con el Sol conjunto a Saturno, Venus y Mercurio retrógrados, la Luna en Virgo, Urano en los últimos grados de Tauro y la mayoría de los planetas transitando por signos de tierra y agua. La placenta se ha convertido en barro, y en el cielo se emiten las últimas exhalaciones de un aire que se agota. Nos enfrentamos a una elección vital: ahogarnos con la escasez o migrar valientemente hacia otro lado en busca de oxígeno.


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