Poder y tiempo

 

"Lo alarmante de la igualdad es que seríamos entonces, ambos, niños. 

Y la pregunta es ¿Dónde está el padre? 

Solo sabemos dónde estamos si uno de los dos es el padre." 

— B, paciente de Donald Winnicott. Análisis publicado como Holding and Interpretation. 


Las películas, como las novelas, nunca son sobre una sola cosa. Dice Fran Lebowitz que lo más parecido a un ser humano es un libro y podría decirse lo mismo de las películas, que también se escriben.  Esta frase que parecería exagerada busca resaltar la complejidad, las obras de arte como complejos de ideas que se ponen en juego y producen cosas en esa interacción: otras ideas, preguntas, recuerdos, placer. 

¿Cómo hablamos de estas obras si contienen tantas cosas? Quizás indagando por el deseo de su autor(a)(e).  En vez de preguntar de qué se tratan, podría sea más comprensivo preguntar qué querían sus creadores(as) que viéramos en ellas. En las películas de Olivier Assayas la respuesta a esa pregunta nunca es fácil. Assayas hace cine abstracto, lo que quiere decir que demanda del espectador y la espectadora la abstracción; los involucra en una búsqueda por la esencia de eso que les presenta. Sus películas suelen contar historias vagas, sin detalle, y sus personajes suelen ser más conceptos que personas. Nunca sabemos gran cosa de ellos, sus pasados o sus personalidades y son funcionales a la obra sobre todo por lo que representan.

Clouds of Sils Maria es la interpretación de una interpretación. Como en otras películas de ese director, ocurre dentro del contexto del arte y el entretenimiento, y la línea que separa estas dos cosas vuelve a ser central. La historia es la de una actriz llamada María. A sus dieciocho años María alcanza la fama gracias a su interpretación de Sigrid, uno de los dos personajes principales de la obra de teatro ‘Maloja Snake’, que cuenta la historia de un romance lésbico entre una mujer de cuarenta años, Helena, y su asistente de dieciocho, Sigrid. En la obra Sigrid lleva a Helena al suicidio después de abandonarla. Veintidós años después, cuando María ha cumplido cuarenta años, el director de Maloja Snake le ofrece contratarla para una nueva reproducción de la obra, esta vez interpretando a Helena.

La primera vez que vi Clouds of Sils Maria me quedé pensando en la vulnerabilidad y la segunda vez me hice preguntas sobre lo que significa envejecer. En esta ocasión, creo que Assayas quiso hablarnos sobre la relación entre el paso del tiempo y el poder, o también podría decirse, sobre la temporalidad del poder. ¿Dónde está el poder, en la experiencia o en el reconocimiento? ¿En la moderación o en los bríos? ¿En la madurez o en la juventud? La película no resuelve estos conflictos, pero los aborda a profundidad. Está dividida en dos partes: la primera nos muestra la relación entre María y su asistente personal antes de aceptar su participación en la obra y la segunda nos muestra esa misma relación después de haberla aceptado. No es una relación clara en ninguno de los dos casos, sino que está llena de ambigüedades.  Lo que está claro es que Valentine, la asistente de María, es menor que ella y que, a diferencia suya, no es actriz, ni famosa, ni tampoco millonaria.  Lo que está borroso es todo lo demás.

Al director le interesa amplificar ese lente borroso. Nos mete desprevenidamente diálogos de Sigrid y Helena en medio de conversaciones entre María y Valentine y, al hacerlo, nos hace fijarnos en las similitudes de las dos relaciones. La relación que en la primera parte parecía ser laboral entre una asistente y una jefa admirada, en la segunda parte se torna más personal, más sexual y más complicada.  

Valentine admira a María y la quiere, se alegra con sus logros y la empuja a aceptar el papel de Helena, al que María en principio se rehúsa.  Ahora que tiene cuarenta años, María teme ser Helena o ser reconocida como tal.  Se hizo famosa interpretando a Sigrid, el personaje joven y cruel que enamora a Helena y la lleva al suicidio y, desde esa posición, juzga y comprende al personaje de Helena. No reconoce en ella ninguna virtud y ve, en cambio, debilidad y cobardía: una mujer de cuarenta años que se entrega a una de dieciocho para que la lapide.  María no puede ver que Sigrid y Helena son dos ramas de una misma raíz. El director de la obra intenta mostrárselo: “solo tú puedes interpretar a Helena, porque fuiste Sigrid” le dice, e insiste en un punto importante: “Si son tan diferentes [Sigrid y Helena], ¿Qué es lo que las atrae?”.

María es incapaz de ver el poder de Helena y, en consecuencia, también el suyo. Tiene miedo a ser reconocida por el público como ese personaje, porque en el fondo es ella. Quien se identifique con Sigrid de joven inevitablemente terminará identificándose con Helena al envejecer, y esto tiene que ver con la noción que este personaje tiene sobre el poder, con su incapacidad de reconocer el poder en la vulnerabilidad. Lo que María no puede ver (o quizás no quiere) es que mientras miraba a Helena desde la posición de Sigrid, también estaba siendo mirada por ella. No está exento de poder quien está en la posición de subordinado, pues, en últimas, también es necesitado.   

La insistencia de Valentine para que María acepte el papel de Helena es más bien un ruego. Si logra que María acepte que Helena también tiene poder sobre Sigrid, logrará que acepte el poder que ejerce en su propia relación de jefa-subordinada, en la que María juega constantemente, haciendo de jefa y de amiga, volviendo a una u otra posición cuando le conviene. Como dije antes, Valentine la quiere y, sin embargo, no le da lo que le pide. María lucha por ser reconocida y admirada por ella y a cambio recibe indiferencia. Esa indiferencia es al mismo tiempo una venganza, como la de Sigrid hacia Helena. Valentine sabe lo mucho que María la necesita y, a su manera, juega con eso.

Entra en la historia un nuevo personaje que intimida a María, el de Jo-Ann, una actriz famosa e irreverente de dieciocho años que interpretará a Sigrid en la nueva reproducción de la obra. Siguiendo la abstracción del director, mientras María representa el concepto del arte, Jo-Ann representa el del entretenimiento. Ambos conceptos tienen su propio peso. De Assayas lo que más me gusta es que no hace crítica fácil. Sus películas siguen una postura política clara, cuestionan con firmeza la vanidad y el materialismo, pero no desproveen a estos conceptos de su fuerza. Nos muestra que el entretenimiento, aunque no alcanza la profundidad del arte, lo excede en su capacidad de movilizar. Jo-Ann nunca tendrá la experiencia de María, pero será más amada por el público. Y para que María sea amada, tendría que renunciar a su experiencia que, a sus cuarenta años, es lo que le da poder.

La película expone tres relaciones diferentes que, en su esencia, son las mismas: María y Valentine, María y Jo-Ann, y Sigrid y Helena. Sobre la pregunta ¿Quién tiene el poder? La respuesta es clara para todos los casos: ambas. Es lo que las une. ¿Y qué las separa? Esa respuesta es más difícil, pero me atrevo a decir: el paso del tiempo.

 


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