El reino de los fantasmas hambrientos
La palabra adicto proviene del
latín addictus, que en derecho romano era el nombre que se le daba a los
deudores dados como esclavos a sus acreedores cuando no tenían cómo pagar. En la
raíz de esta palabra he encontrado algunos elementos para comprender la
adicción, por ejemplo, su relación propia con la esclavitud y la privación. En
este texto intentaré explicar esta relación.
Conozco la palabra adicción desde
que tengo memoria, probablemente desde mis cuatro o cinco años, debido a que
varios de mis familiares tienen o tuvieron adicciones:
algunos a sustancias, algunos al juego, algunos a comportamientos y algunos a
varias cosas a la vez. A pesar de eso, no es una palabra que haya escuchado a
menudo en ese entorno. Se ha dicho, en su lugar, que Fulano “como que tiene
un problema con el trago”, que aquella “se está gastando toda la plata en
chance”, y así sucesivamente. Incluso sin ser mencionada, ahí ha estado
presente, en silencio, pero intensa, punzante, incisiva.
Ya al cumplir trece o catorce
años, durante mi adolescencia, decidí mantenerme al margen mientras mis amigas
y amigos vivían sus primeras experiencias con el alcohol, siempre
con miedo de entrar en un hábito del cual no podría salir, y de ser víctima de
lo que, hasta ese punto, consideraba una “enfermedad hereditaria”. Quien haya
leído evidencia sobre las adicciones y el abuso de sustancias sabe que no
existe tal cosa como la “herencia” de una adicción, pero como dije, de eso no
se hablaba, y lo que no se encara no se puede entender.
Más adelante leí a Stanton Peele,
quien dice que las adicciones no son enfermedades. En sus estudios desafiantes
de la corriente cognitivo-conductual nos muestra que la mayoría de personas
atravesamos alguna adicción en algún momento de nuestra vida, y que la mayoría
de nosotrxs las superamos por nuestros propios medios. Una encuesta de Gallup
en el año 1990 arrojó que la mayoría de personas estadounidenses eran diez
veces más propensas a cambiar por sí mismas que con la ayuda de doctores y
terapeutas. Nos explica también que las
adicciones no se limitan al abuso de sustancias, sino que se expanden hacia
todas las direcciones: al amor, a los videojuegos, al sexo, a la pornografía, a
los juegos de azar, a las compras, al trabajo, al poder; y finalmente nos
orienta hacia una pregunta difícil de contestar: ¿Qué pasa con esa minoría que
no ha sido capaz de superarlas por sus propios medios?
Es el trauma. Esa es la respuesta
que se atreve a dar el médico Gabor Maté a propósito de esa pregunta difícil. En
una teoría altamente controversial, Maté alega que la adicción es un mecanismo
de respuesta al estrés, el cual define como una amenaza a la homeostasis, es
decir, a la estabilidad del organismo para mantenerse estable, compensando los
cambios de su entorno mediante el intercambio regulado de materia y energía con
el exterior. En otras palabras, el estrés es un desbalance, un desfase, un
exceso; pero no cualquier exceso, sino un exceso de falta.
Algunos estudios hechos a
personas deprimidas demostraron que los traumas que son el producto de abusos o
privaciones en la primera infancia pueden disminuir la producción de hormonas y
químicos del cuerpo fundamentales para la regulación de emociones, como la
dopamina, la oxitocina y la serotonina; y al mismo tiempo aumentan la
producción de otras que producen estrés, como el cortisol y la vasopresina. Es
decir, que el trauma genera la falta de producción de hormonas y químicos
necesarios para la estabilidad emocional, y esta falta genera un exceso de
estrés. Las adicciones aparecen como un mecanismo de respuesta ante este exceso,
siendo altamente efectivas para aliviar en el corto plazo, pero muy perjudiciales
en el largo plazo.
Entonces la adicción no es el
problema, sino la respuesta al problema. El problema fundamental es el trauma,
que genera falta y a su vez es generado por una falta. Cuando decía que mi
intención con este texto era explicar la relación entre la adicción y la esclavitud,
quizás se pudo entender como si quisiera decir que las personas adictas son
esclavas del objeto de su adicción: las drogas, el juego, etc.; pero lo que
pienso es que la adicción es una esclavitud de sí mismo/a, es decir, la persona
se convierte en esclava de sí misma. Es como si a alguien lo habitara un inmenso
vacío y decidiera (digo decidir, sabiendo de antemano que esta no es una
decisión consciente) ser esclavo de dicho vacío, que lo chupa y lo expulsa
hacia el centro de sí mismo, solo para volverlo a chupar.
En mi experiencia con las
adicciones (que no por ser una experiencia desde la posición de testigo deja de
ser una experiencia personal), he visto a seres queridos dejar una adicción por
completo por diez años, para volverlos a ver sumidos en ella en el año número
once. A propósito de la esclavitud, escribe Toni Morrison en Beloved: “Liberarte
a ti mismo era una cosa. Reclamar la propiedad de ese ser liberado era otra”. Quizás
el recaer después de diez años de abstinencia implica que hubo una liberación
(de la sustancia, el comportamiento, etc.), pero nunca hubo un reclamo de la
propiedad de sí mismo, y el dueño de sí mismo siguió siendo el vacío y no el
ser consciente.
Esta es mi mirada sobre lo que,
en referencia a la obra de Gabor Maté, que a su vez es una referencia a un
concepto del budismo tibetano, he llamado El reino de los fantasmas hambrientos.
Un reino de faltas y excesos que, a pesar de ser conocido, se mantiene enigmático y doloroso para mí. Escribo
esto en un intento por comprender, y quiero comprender en un intento por hacer
algo con el vacío. A mis familiares les deseo muchas bienaventuranzas,
pero deseo una sobre todas las demás: que sean libres, para que podamos ser
libres todas.

Comentarios
Publicar un comentario