Buscarse a sí misma en ningún lugar
Al principio creí que Personal
Shopper era una película sobre la muerte. La historia se desarrolla en
Francia y se centra en Maureen, interpretada por Kristen Stewart, que es la
“compradora personal” de una actriz famosa llamada Kyra. Maureen está en París por
razones ajenas a su trabajo, llega buscando comunicarse con su hermano gemelo,
quien falleció recientemente, y con quien hizo una promesa que consistía en que
quien muriera primero, tendría que venir a darle una señal al otro para probar
la existencia de la vida después de la muerte.
Maureen afirma ser una médium,
igual que su hermano, es decir, que tiene la capacidad de comunicarse con
fantasmas y sus espíritus. Visita la
casa en donde su gemelo vivía y se queda ahí un par de días esperando la señal,
sin embargo, no está segura de cómo va a lucir esa señal: ¿Estará en la ducha,
que se abre sola cuando llega la noche?, ¿Será la marca de la pared en forma de
cruz, que, al parecer, no estaba antes de su llegada? El terror que empieza a
marcar la película desde este momento no es su fin, sino solo un recurso. Marca
la insuficiencia y la espera: no importa cuántas señales reciba Maureen en
dicha casa y en las que visita más adelante, ninguna es suficiente para
confirmar la presencia de su hermano o para estar segura de haber recibido su
mensaje. Después de la búsqueda incesante de señales dentro de esta casa, Maureen
se encuentra de frente con el fantasma y descubre que no se trata de su hermano.
Cuando le preguntan sobre las técnicas utilizadas para crear esta escena en una entrevista, el director Olivier Assayas explica que se inspiró en las fotografías que tomaban los “fotógrafos de espíritus” de finales del siglo XIX, las cuales, a pesar de ser a todas luces falsas, dejan ver lo que inconscientemente han significado los fantasmas para los seres humanos. Su representación es siempre la mitad de algo: una materialidad que no tiene forma, un humo blanco que muestra la presencia y al mismo tiempo la despedida, porque se desvanece; y unos seres que, sin lenguaje, se comunican.
La figura del hermano gemelo me
pareció brillante, pues dibuja con precisión la idea de la pérdida de otro como
la pérdida de una parte de uno mismo. Pienso
en mis conversaciones recurrentes con las personas que he querido y que ya no
están en mi vida, y en cómo he encontrado dentro de mí misma recursos y
elementos para recrearlas una y otra vez. En esas conversaciones dejo de estar
sola, y hago uso de lo que me queda de esas personas dentro de mí para formar
el diálogo, siempre inconcluso e insuficiente, como las señales que recibe
Maureen. Imagino las preguntas que quiero hacerles y sus respuestas, mientras intento
sentir con el cuerpo, de nuevo, lo que sentía cuando estaban cerca de mí.
En la mitad de la película, el director añade con ingenio otra forma de comunicación entre Maureen y el no-lugar. En
una escena particularmente larga, Maureen empieza a recibir mensajes de texto
de un fantasma, que no es hombre ni mujer, que la asusta y la excita, y que
podría estar o no cerca de ella. El uso del texting es ingenioso porque representa
lo intangible y lo inhabitable que, sin embargo, produce efectos. Allí las letras,
los signos y los símbolos están llenos de significados más allá de lo
estrictamente escrito, y en esta interacción, Maureen encuentra una motivación extraordinaria
para llevar a cabo sus más profundas fantasías y deseos.
Vamos, en adelante, descubriendo nuevas capas de Maureen, y se van destapando otros puntos medios interesantes. Toma relevancia su oficio, pues nos es revelado que habita en ella un intenso deseo por usar la ropa que por obligación debe comprar para su jefa. ¿Quieres ser alguien más? Le pregunta el fantasma, y ella responde que sí. Aparece entonces el conflicto entre lo bello y lo materialista. En medio del trabajo monótono y odioso de tener que comprarle la ropa a una celebridad superficial, Maureen descubre el inicio del camino hacia la liberación y el descubrimiento de sí misma. Vemos con sorpresa a un personaje, en principio rígido y andrógino, derrochar absoluto placer subiéndose a unos tacones y usando un arnés sobre su cuerpo desnudo y femenino.
El final de la película muestra a
Maureen en un momento de lucidez, descubriendo que los fantasmas con los que
estuvo comunicándose todo este tiempo estuvieron siempre en su cabeza. Tiene
sentido que el personaje encuentre la libertad en su cuerpo, después de estar
atada a su mente. La salvación, nos sugiere Assayas, está en el mundo de los
sentidos.
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