La primera ruptura
Hace días hablaba con mi papá
sobre los cultos y las sectas. “Los cultos borran la individualidad de la gente”,
me contestaba cuando le pregunté por qué creía que nos fastidiaban tanto. Decía
que los cultos reemplazan la identidad de cada persona por la identidad de la
masa. De repente, ya nadie tiene opiniones propias que contradigan las
opiniones de los líderes (generalmente hombres y viejos), que son quienes mueven
a la masa en la dirección que les parece. “Yo me alegré mucho cuando te saliste
de eso”, confesaba aliviado. Y a mí
también me alegra, aunque no sé qué tan afuera pueda estar de algo que todavía
atraviesa mis relaciones familiares y mi relación conmigo misma.
Lo que me parece peligroso de los
cultos es su pretensión de abarcar de manera completa y absoluta todos los
aspectos de la vida de sus miembros. Es, al fin y al cabo, otra forma de
totalitarismo. No basta, te repiten una y otra vez los pastores, con que creas
en Dios. No basta, tampoco, con que vayas a la iglesia todos los Domingos. No
basta con creer, no basta con que ores, no basta con que hagas obras de
caridad, no basta con que toques un instrumento en el grupo de alabanza, no
basta con que leas la Biblia en tu casa. Es necesario, si quieres ser aceptada en el
reino de Dios, que renuncies a todo lo que te aleja de la vida dentro de la
secta: tu vida sexual y social, tus amistades no-cristianas, tus gustos y tu
deseo. Tienes que sentir culpa y vergüenza por tu humanidad, que es de
naturaleza pervertida, pero, ante todo, recuerda siempre que en la comunidad te
aman y te aceptan tal y como eres.
Salvo algunas excepciones, todos
estos mecanismos de eliminación de la identidad de las personas ocurren sin la
menor pizca de mala intención por parte de sus miembros y líderes. No se trata,
como lo retratan muchos desde el desconocimiento, de un grupo de gente malvada
que busca manipular a otros para llenarse de plata o para joderle la vida a la
gente, ni de una conspiración mundial para dominar personas. Por experiencia propia puedo decir que la mayoría de personas que hacen parte de estos grupos creen genuinamente en lo que predican, y como en todo sistema, estos mecanismos de dominación se replican naturalmente, persona a persona, sin ninguna mente maestra que esté detrás del plan. Se trata de la
institucionalización y la naturalización de la manipulación, sin regulación
alguna, a manos de organizaciones sociales que no rinden cuentas de ninguna
manera, y que pueden llegar a hacer mucho daño a quienes entran a ellas, en
especial a los niños y las niñas (muchas de ellas LGBTIQ) que llegan empujadas por sus padres o familiares y no tienen ninguna otra alternativa.
Alguna vez leía una nota
periodística sobre la des-radicalización de jóvenes miembros de grupos extremistas
como Al Qaeda o ISIS. Lo que decían los y las expertas era que el mecanismo más
efectivo para moderar estas posiciones religiosas extremistas partía de la
misma religión. Lecturas más informadas y complejizadas del Corán, por ejemplo,
ayudaban a estos jóvenes a desistir de posiciones religiosas que justificaban el asesinato
y la tortura a otras personas. De manera similar, creo que la salida al cristianismo
radicalizado la ofrece el mismo cristianismo mediante dos conceptos clave: el libre albedrío y la crucifixión
de Jesús. En Paraíso, a través del
sermón de un reverendo, Toni Morrison lo explica ejemplarmente:
“Ved cómo este asesinato oficial, entre cientos de otros, marcó la diferencia, cambió la relación entre Dios y el hombre, que dejó de ser la existente entre el jefe y el subordinado para convertirse en una relación de tú a tú. La cruz que sostenía era abstracta; el cuerpo ausente, real, pero ambos se combinaban para sacar a los seres humanos de un segundo plano y ponerlos en el primero, para hacer que dejaran de murmurar al margen y pasaran a ocupar el papel principal en la historia de su vida. Esa ejecución había hecho posible el respeto -con libertad, sin miedo- a uno mismo y a los demás. Y eso era el amor: un respeto sin motivo concreto. (...) Pero Richard Misner no podía hablar con calma de esas cosas. De manera que se quedó allí y dejó que pasaran los minutos mientras sostenía la cruz de roble con las manos, para que ella dijera lo que él no podía: Dios no solo está interesado en ustedes, Dios es ustedes."
En el libro se muestra un debate entre dos reverendos. Uno de ellos le dice a los miembros de la iglesia que Dios no está interesado en ellos, porque Dios se interesa solo en sí mismo, y que si quieren ganarse el interés de Dios, tendrán que ganárselo a través del aprendizaje y la disciplina de Dios mismo. "El amor es un diploma" dice, y hay que ganarse el derecho a recibir el amor de Dios. Misner, el otro reverendo, responde a esto alzando una cruz de roble, intentando mostrarles a los feligreces que el acto de la crucifixión representa un cambio en la concepción de Dios, ya no como una entidad externa a la que se debe obedecer e imitar, sino como un organismo vivo que está en cada uno de ellos y ellas y que se expresa en el amor. "Dios no solo está interesado en ustedes, Dios es ustedes". Cómo serían de distintas las iglesias cristianas, cómo podrían liberarse sus miembros, cuánta violencia se podría evitar si esta fuera su aproximación a la espiritualidad.
Escribo estas líneas mientras
recuerdo con nostalgia a las personas de mi familia y amigxs que me arrebataron los
cultos. Las conversaciones que ya no puedo tener y los espacios que ya no puedo
compartir, porque ya no hay nada común (o muy poco) entre lo que soy y lo que
dicta la secta que debería ser. Con todas ellas comparto el hecho de que
llegamos a esos lugares en épocas de vulnerabilidad, buscando respuestas a problemas que parecían muy
pesados y sin salida. Me habría encantado que hubiéramos encontrado
herramientas para lidiar con esos problemas distintas a las que nos ofreció la secta, y que el sacrificio de
nosotras mismas y nuestras identidades no hubiera sido la condición para sanar
nuestro dolor. A todas ellas: las sigo amando y espero que en algún momento nos volvamos a encontrar.

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