The fragility of goodness
Dice Rousseau que de nuestras debilidades nace nuestra felicidad, que por definición es frágil. Dice que nadie que no necesita nada puede amar nada, y nadie que ama nada puede ser feliz. Que nadie nace siendo rey ni rico, y en cambio todos y todas nacemos desnudas, pobres e insuficientes, y es justo esa condición la que nos acerca a los y las demás, a quienes irremediablemente necesitamos. Somos más humanos (podemos ser parte de la humanidad) en la medida en que aceptamos nuestra interdependencia y lo que tenemos en común, que es nuestra vulnerabilidad.
Vuelvo mucho sobre esta idea y decidí escribir sobre ella porque me molesta encontrarme en todas partes con su opuesto, una visión pretensiosa en la que a veces caigo y me hace -nos hace- la vida más difícil. Es la fantasía de la autosuficiencia, la evitación a toda costa de las afectaciones y los sentimientos, los "no necesito de nadie" y los "prefiero no comprometerme con lo que me importa para no sufrir".
Me cuesta entender si esta idea vino a nosotrxs desde el patriarcado y su rechazo a lo que es sensible, cuidadoso y femenino; o si vino del liberalismo y su exaltación de la individualidad y la competencia. Lo que creo es que nos hace daño y nos aleja de todo lo que es real: el amor, los otros y las otras, el deseo e incluso las revoluciones. Nos hace creer en un mundo inexistente en donde podemos conseguir todo lo que queremos siempre y cuando no nos interese genuinamente nada.
Me aburre ese mundo. Por un mundo en el que podamos asumir mejor el milagro, la belleza y la complejidad de vivir juntes.

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